Este verano nos regalaron una pequeña planta de mostaza. La dejamos en la puerta de casa y la vimos crecer y crecer. Dio unas flores amarillas únicas, y hace unos días logramos recoger las semillas. Son realmente diminutas: ni siquiera se puede coger una sola con el dedo.
En la parábola (Lucas 13:18-19), Jesús conecta la pequeñez de la semilla con el tiempo, o mejor dicho, con la capacidad de esperar con confianza a que los procesos de la vida den fruto.
Si nos vemos como niños, con los grandes sueños que nos acompañaron, nos damos cuenta de cómo la realidad ha superado toda nuestra inventiva, toda nuestra creatividad, en una inseparable combinación de positividad y la lucha de la vida.
A veces, solo percibimos estos frutos después de muchos años. Por ejemplo, cuando nos damos cuenta del inestimable valor de las amistades significativas en el presente, nacidas libremente en situaciones y contextos ya lejanos. Hace unos días, el Evangelio dominical (Lucas 18,1-8) nos invitó a orar siempre, “para no amargarnos”, a mantenernos firmes en nuestra orientación de vida, a permanecer anclados en los valores en los que creemos. ¿Acaso el Señor no hará justicia prontamente a quienes claman a él? Sin embargo, no debemos esperar una intervención milagrosa de Dios, quien siempre respeta nuestras decisiones libres. Somos nosotros quienes, en el aquí y ahora del presente, estamos llamados a permanecer fieles, a sembrar pequeñas semillas de paz, aceptación y compasión. Y si nos damos cuenta de que no lo hemos logrado, a empezar siempre de nuevo.
Un breve pasaje del profeta Ezequiel, leído a principios de verano, me ha acompañado estos últimos meses: “Todas las palabras que yo te digo, recíbelas en tu corazón y escúchalas con tus oídos” (Ezequiel 3,11). Ante todo, acoge, no preselecciones, no juzgues, no rechaces. Acoge como lo hace la tierra en estos meses de invierno cuando los agricultores siembran. Cuántas semillas estamos llamados a acoger, proteger y cultivar en nuestras acciones diarias. Darán fruto en el futuro. Lo sabemos por experiencia: no se nos pide una fe ciega, sino una actitud de confianza en el presente y esperanza en el futuro.
Vivimos tiempos difíciles, de grandes cambios. Sobre todo, asistimos al desmoronamiento de valores y referencias que también han estructurado nuestra forma de convivir. Podemos sentirnos desconsolados, desanimados, o podemos dejarnos cuestionar, desafiar e intentar sembrar aunque sea unas pocas semillas para frenar esas cuestas empinadas donde parecen prevalecer el capricho de unos pocos, el poder y el dinero, la injusticia y la falta de amor a la verdad. Quizás ya estemos llamados a hacernos más concretos, visibles e incisivos en nuestras decisiones personales y comunitarias.
Levantemos la mirada, miremos a lo lejos, pensemos en grande, no eludamos nuestras responsabilidades y acojamos con confianza el Bien que llega libremente a nuestras vidas, especialmente a través de lo infinitamente pequeño.
Este es mi deseo para cada uno de nosotros en esta Navidad. No estamos solos.
Que Dios con nosotros sea fuente de consuelo y fortaleza.
Feliz Navidad y próspero Año Nuevo.
Agnese