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Volviendo al corazón de la democracia

Necesitamos un punto de referencia externo, un tercer punto de referencia.

Quizás usted también haya tenido una experiencia similar a la que describo. Iba en un tren que salía, todavía parado en la estación, y desde la ventana vi otro tren detenido en el andén contiguo.

De repente, uno de los dos se movió, y durante un largo segundo me sentí desorientado: no podía distinguir si mi tren o el de al lado había partido. El dilema se resolvió cuando, instintivamente, encontré un punto fijo, lo que me devolvió el sentido de la orientación. En muchas ocasiones, grandes o pequeñas, necesitamos un punto de referencia externo, un tercer punto de referencia que nos ayude a recuperar el equilibrio y la conexión con la realidad.

También sucede en las relaciones que necesitamos a un tercero para restablecer el equilibrio entre las partes. Lo vemos en discusiones entre cónyuges o hermanos, donde se busca un mediador; en disputas en condominios, cuando se solicita la intervención de un juez de paz; en litigios y juicios, cuando se presentan apelaciones ante los tribunales; En las democracias, donde la separación de poderes permite una administración equilibrada de la ley y la justicia, si cada parte se atrinchera en su postura de represalia, de supuesta verdad unilateral y de un deseo de justicia sin aceptar la confrontación, la escalada hacia el conflicto y la guerra se convierte en una espiral descendente.

Tras la Segunda Guerra Mundial, se hizo evidente la necesidad de establecer organismos internacionales que sirvieran como puntos de referencia, un tercer punto de referencia para todos.

Así nacieron organizaciones de derecho internacional como las Naciones Unidas (ONU), la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) y, posteriormente, el Consejo de Europa y la Corte Penal Internacional.

Parecía que estas organizaciones eran posiciones consolidadas, en virtud de las cuales nadie podía dudar de su valor y necesidad para la coexistencia global. Soluciones sin precedentes para prevenir el surgimiento y la escalada de nuevos conflictos derivados de la oposición entre dos Estados o grupos de Estados.

Todos somos conscientes de que estas instituciones requieren ahora una reforma y adaptación a los cambios ocurridos a lo largo de los años, pero también nos sorprende y desconcierta el repentino resurgimiento de comportamientos inmaduros, caprichosos e infantiles, que socavan sus fundamentos y propician decisiones que podrían arrastrar a los Estados hacia callejones sin salida, hacia la destrucción y la desaparición.

El presidente Mattarella, durante su visita oficial a Praga hace unas semanas, en la que visitó la Cámara de Diputados y el Senado de la República Checa, se expresó con estas palabras: «Debemos evitar retroceder en la historia a una época en la que las disputas se resolvían por la fuerza, no por la ley. Quienes ejercen el liderazgo no deben olvidar que los ciudadanos, especialmente en este momento histórico, exigen un futuro de paz y libertad. Los parlamentos son el corazón de la democracia, donde se resuelven las disputas y se escuchan las preocupaciones sociales».

Enfatizó esto con claras referencias a la administración estadounidense, defendiendo la Alianza Atlántica y, al mismo tiempo, haciendo un llamamiento a la Unión Europea para que se comprometa con la construcción de una soberanía compartida.

Coincidimos plenamente con la advertencia de Mattarella sobre la necesidad de estar atentos y vigilantes para desarrollar una mayor sensibilidad y conciencia respecto a lo que está en juego en el desarrollo de nuestras democracias y en la historia mundial.

Queríamos dedicar este cuaderno a este tema de derecho y justicia.

Saludos cordiales,
Agnese